sábado, 20 de febrero de 2010

Caminos de alta fiesta

Eduardo Galeano escribe:

¿Adán y Eva eran negros?
En África empezó el viaje humano en el mundo. Desde allí emprendieron nuestros abuelos la conquista del planeta. Los diversos caminos fundaron los diversos destinos, y el sol se ocupó del reparto de colores.
Ahora las mujeres y los hombres, arcoiris de la tierra, tenemos más colores que el arcoiris del cielo; pero somos todos africanos emigrados. Hasta los blancos blanquísimos vienen de África.
Quizá nos negamos a recordar nuestro origen común porque el racismo produce amnesia, o porque nos resulta imposible creer que en aquellos tiempos remotos el mundo entero era nuestro reino, inmenso mapa sin fronteras, y nuestras piernas eran el único pasaporte exigido.


miércoles, 17 de febrero de 2010

Dosis de caribe

Llamar con un gesto al carrito que pasa por la ruta a dos esquinas de donde tú estás, y sin correr ni sudar, llegar hasta él, que te espera sin ninguna impaciencia. Entrar a ritmo de bachata en un espacio desvencijado y decadente. Acomodarse ligeramente mientras en el asiento trasero una señora come papitas con queso y habla por teléfono "Dile a Plutalco que me mande el dinero". Balancerse de un lado a otro con los baches del camino, con una pasmosa normalidad, con la bachata explicando las bondades de "quedarse en la cama contigo, que es donde mejor se está", y entre compases de guitarra que llora, y de señora con papitas que dice "Plutalco 'ta leeeeeento y 'tamo en eleccione, dile que lo he dicho yo", y poco después observar al chofel que riñe con dramatizada indignación a unos niños "¡Ustedes!, pal de tiguerones, ¿qué hacen por la calle a estas horas?". Perseguir con la mirada a 2 niños 4 pies y 1 chancleta corriendo como alma en pena y risa del diablo para esconderse en un pasillo de palmo y medio entre dos paredes de blocks, mientras esperan que pase el carrito por las colinas de piedras y tierra. Y quedarse en la esquina con las palabras clave "Chofel, en la equiiiiina", cerrando la puerta y dejando atrás altas dosis de caribe.
Todo eso, si se dispone de tiempo y ganas de vivir sin perder la paciencia, es lo que hace que uno se eche unas risas y se reconcilie con el mundo.

miércoles, 10 de febrero de 2010

De lo micro a lo macro

Es de repente en una mirada, un gesto. No un gesto grandilocuente o ambicioso, sino más bien efímero, olvidable. De paseo por La Puya el domingo pasado, volví a reencontrarme con los gestos limpios, los ojos que se esconden tras una puerta y observan, las manos que quieren ser tocadas, las risas que quieren ser retratadas, las cabezas bajo mi mano que se mueven en todas direcciones. Y entonces volvió a resucitar mi yo tranquilo, el que pasea los pies y la vista, sin tener que explicar nada a nadie, sin organizar, sin distribuir, sin más faena que existir.
Por la mañana, yo era el yo del ordeno y mando. No se me da mal el papel, y cada vez con menos pretensiones, creo me he vuelto un poco más humano.
Era un domingo de fiesta, el II Encuentro Nacional de Voluntarios "Calasanz nos une", o lo que llamamos Formación Conjunta, un motivo para juntar en el Colegio Calasanz de Santo Domingo a los monitores de La Puya, tanto del barrio como del Calasanz, y los de La Romana, que suelen ansiar cualquier salida que se dé. En total casi 80 monitores. El tema era el amor como virtud del educador escolapio, una oportunidad de trabajar en ellos eso que se llama amor, tan publicitado como difícil de poner en práctica. La desconfianza inicial de los 3 grupos pronto desapareció, y de repente el tema era la excusa para juntarse, convivir y mezclarse, sintiendo que además del servicio a los niños, nos unen las ganas de compartir.
Al gran juego, ambientado en el Mago de Oz, le siguió una dinámica para representar algunas frases de Calasanz situadas en nuestra realidad concreta con los niños. Y ya en la tarde, después de comer, nos desplazamos a La Puya, donde por equipos recorrimos el barrio, una realidad dura que interpela a cada paso, y donde yo reconcilié el microgesto con el macroevento, para resolver la ecuación. La incógnita: la esperanza.
Tras una eucaristía sencilla pero sentida, volvimos agotados a La Romana. En la guagua, ya de nuevo atrapado por mi yo humano, miraba a los muchachos y escondía con payaserías todo el amor que les tenía.
Al final, quien aprende, vuelvo a ser yo, el humano y el otro.




miércoles, 20 de enero de 2010

Temblor de conciencias (II)

Hay conciencias que tiemblan, y hay conciencias que sufren si tiemblan.
Hay conciencias que olvidan, y hay otras olvidadas, o peor, nunca recordadas ni retenidas.

Hace 3 días estuvimos Bea y yo en Haití, por tercera vez, para tratar de enmendar olvidos, si no los de todos, al menos los nuestros.

Aterrizamos en Puerto Príncipe el domingo, junto a la embajada de los EEUU, una isla de pulcritud ajena al mundo exterior. Muy pronto nos ubicaron en el Hospital "Nos petits freres et soeurs" ("Nuestro pequeños hermanos"), un hospital pediátrico bien cuidado dedicado a atender a niños antes del terremoto, y ahora hospital de campaña que acoge heridos de todo tipo.

Una mosca que entrara por la puerta encontraría gente en colchones por el suelo hacinada en el vestíbulo, y un caos nada inspirador. Si se fuera después hacia la izquierda buscando aire fresco, saldría al jardín interior, otrora remanso de paz, ahora repleto de heridos por todas partes, niños en cunas, adultos en colchones o tablas por el suelo, con vendas, algunos llorando, la mayoría catatónicos como zombies en retirada. Después daría un vuelo por la primera sala, la de urgencias, con más camas llenas de gente en medio de un hedor de orín, sudor y carne rancia, y tal vez, si siguiera derecho, se encontraría con Bea curando un pie pegado a una niña de 11 meses que yo aguanto, o medio pie, para ser más exactos.

Rápidamente saldría la mosca de aquella sala, y volaría entre gente que va y viene rápido, gente negra que se lamenta, gente negra que se resigna, y otra que espera impasible como quien espera que el sol se ponga. También gente blanca, médicos, voluntarios, que se olvidaron de organizarse en su afán de apuntalar el desaguisado.
Más allá el pasillo está bloqueado por el tumulto y el jaleo es constante, así que la mosca decidiría subir al piso de arriba, donde quedan más lejos los lamentos esporádicos y más cerca el constante sonido de los helicópteros. En su camino se encontraría de nuevo con Bea que ahora baja con tanta prisa con la que antes subió, y seguiría hacia una de las salas de los niños pequeños, ignorados con tanta urgencia de atención. Posiblemente no entraría en la sala de niños olvidados, los que fueron aparcados en cunas de hospital que ahora esperan y esperan a volver a ser recordados, si alguna vez lo fueron. Así que seguiría más adelante hacia otra sala y encontraría bebés de todo tipo, por lo que decidiría descansar de su viaje en alguno de los desnutridos de piel reseca, huesos débiles y ojos perdidos. Allí encontraría otras tantas compañeras relamiendo sus expectativas.
En el exterior, el panorama no mejora, hay lonas montadas que cubren a más gente, y un poco más allá una unidad de cirugía en las tiendas de los médicos italianos. En la entrada del hospital, la mosca podría vernos abrazar a un conocido haitiano, que ha perdido su casa y a media familia y vive ahora como puede. Y si me apuras, podría intuir mi ansiedad de querer hacer mucho más mientras el mundo se hunde allá fuera.

Si sube más arriba, verá un panorama de agitación general, de heridas abiertas, de niños que nacen, de gente que busca consuelo. Y en su remontada, si tal vez olvida donde está, percibirá que el aire cambia y trae alguna ráfaga de olor a muerto. Entonces, ya bien arriba, mirará hacia abajo, y el hospital será un punto en las afueras de una ciudad desolada y gris, donde el único color es el de algunos puntos que se mueven lentos y lonas montadas en solares. Porque la ciudad ya era gris antes, pero ahora parece un poco más.
Si se despista, como buena mosca haitiana se verá volando con la inercia de todo el mundo, absorta, resignada, dejándose llevar por el viento hacia ninguna parte.
Entonces, cuando desaparezca y ya no sea centro de nuestra atención, será una parte más del paisaje, e irremediablemente, pronto nos olvidaremos de ella.
Y la vida seguirá como siempre.

PD: Además de unas cuantas fotos, he añadido una canción a una nueva lista, "Otras músicas". Aunque no es haitiana sino africana (de la película "El jardinero fiel"), me resuena en la cabeza desde hace días.

PD2: He encontrado un artículo de elmundo.es que narra perfectamente esa sensación de resignación. Recomiendo su lectura: http://www.elmundo.es/america/2010/01/21/noticias/1264109931.html





jueves, 14 de enero de 2010

Temblor de conciencias

Parece que la desgracia se sigue cebando con el más desgraciado. Un temblor sacude la conciencia mientras entierra vidas entre escombros. Soy uno más de los espectadores de esta tragedia cercana, casi palpable.
Estuvimos en Haití hace 2 meses y me impresionó la pobreza cotidiana, que de tan pobre es mísera. Un pueblo que sobrevive confinado entre el mar y unos vecinos que le dan la espalda porque miran a Puerto Rico, que censuran la inmigración haitiana mientras sueñan con salir de su país.
Ésas son las réplicas que vendrán, las del terremoto de la indiferencia, el rechazo, el olvido.





jueves, 3 de diciembre de 2009

Olor a final de año

Aunque ya hace más de un mes que empezó la Navidad dominicana, creo que ahora sí esto empieza a oler a final de año. Tal vez sea por la llegada de los exámenes semestrales (la agenda escolar sigue marcando mis tiempos) o que el fresquito empieza a llegar más sutil que agresivo, alcanzando los veintipocos, que ya es poco.
Esta temporada suele estar marcada por las celebraciones de Calasanz, que tuvieron lugar la semana pasada. De ellas, a mí lo que más me interesa, además de la reactualización de la interesante vida del santo, es lo meramente festivo: las kermesses colegiales. Este tipo de eventos engancha con la parte más dominicana de mi alma, la de la música, la comida, las relaciones sociales... aunque tal vez, pensándolo bien, sean parte de la festividad humana, la música, la comida, las relaciones...
Este año, en la kermesse de San Pedro, los chicos del "Calasanz nos une" tuvieron una sencilla pero efectiva presencia.
Organizamos un taller de manualidades, con una ambientación (disfraces incluídos) que sólo pudimos tímidamente mostrar debido a la bulla ensordecedora. Ellos trabajaron en equipo y con ilusión, y creo que los niños lo gozaron (debo decir que la competencia era ardua con el puente mono de los scouts, que a mí personalmente me dejó unas secuelas amoratadas).
Este domingo seguimos de kermesse, esta vez en San Eduardo.
Y después, el invierno seguirá llegando con sus veintipocos, sus exámenes semestrales y la promesa de un nuevo año, nuevos cambios y otros aires.

Me parece que estoy empezando a echar de menos todo esto.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Mejor mañana

No escribo porque esté contento; escribo porque estoy eufórico.
Hago un repaso de todo lo que hoy me llena de alegría, y cuanto más pienso, más ridículo me siento. Son cosas tan insignificantes, que verbalizarlas me haría más tonto de lo que ya estoy. Por poner un ejemplo, que el desagüe de la ducha de mi habitación siga tragando el agua después de ser reparado tras semanas de ver día tras día que el agua no corre. Seguiría todo en esta línea, así que me abstengo.
¿Qué me pasa?
También puede ser porque hoy hemos tenido sesión de formación de los jóvenes monitores del Calasanz nos une, ésos que me quitan tanta vida como me la dan. Ésos que hoy me acusan de todos los males y mañana me quieren santificar, que preparan los campamentos con desidia o brillantez según sople el viento, que me inspiran o me entierran. Los días de formación son duros (de 10 de la mañana a 5, sin siesta, comida incluida), y requieren mi 100%. Son un vaivén de sensaciones para el que uno nunca está suficientemente preparado, por mucho que se planifique. A veces vienen muchos muchachos, otras pocos, a veces más guerreros, otras encantadores. Lo más duro es la continua sensación de fracaso, a la que me tengo que reponer constantemente, cada vez con más velocidad, tanta que a veces dura lo que dura el sentimiento.
Acabo exhausto, pero contento, incluso con las decepciones. ¿Qué me pasa?
Me pasa que me siento vivo, que de repente las cosas encuentran solas su sitio, y todo vuelve a encajar. Y entonces miras las nimiedades de la vida y te parece que te hacen la vida más fácil, que te acompañan en este camino.
Mañana vuelven los mosquitos y las carreras de cucarachas, los robos en la oficina, los problemas con internet, los exámenes por corregir, las notas por poner, y la misma sensación de fracaso por superar. Pero eso ya será mañana.